Habitualmente, por estas fechas me viene un bajón de mierda, el cual me hace repasar todo lo que hice (y no hice) durante el año. Ya olvidé desde cuando viene esta costumbre, pero el hecho de olvidar su inicio me habla de que debe tener su antigüedad.
Por lo general, estas fechas (primavera-verano) han sido la cuna de derrotas que han dejado cicatrices profundas, fantasmas que suelen asaltarme hasta cuando estoy carreteando. Ya sean decepciones amorosas, desencantos frente a ciertas ideologías, dilemas existenciales o cualquier paja mental excesiva y abusiva, lo cierto es que no espero ya el verano con el júbilo o la ingenuidad de cuando tenía, por decir algo, unos 8 años; más bien me da un poco de miedo pensar, por ejemplo, en que me tendrá bajoneado el próximo verano.
No es un miedo paralizante eso si. Después de todo, el tiempo sigue arrasando con uno día a día, es algo imposible de parar y de alguna manera hay que aprender a asimilar los fracasos. Pero es bastante perturbador que ningún año, hasta donde recuerde, lo haya podido coronar con una victoria, no absoluta, pero al menos una victoria que destruya mi teoría.
Las reflexiones por lo demás, son bastante inútiles. Suelo pensar sobre situaciones en las que debí actuar en vez de observar, o viceversa; también sobre cosas que debí decir y nunca dije... lo cierto es que reflexionar en el verano, en el ocaso de un año, es reflexionar ya bastante tarde, por lo que aunque logre encontrar soluciones, aunque logre juntar el coraje para decir a la cara lo que me molesta o lo que me gustaría saber, se que ya es inútil... es demasiado tarde. Y ahí vienen los replanteamientos de no volver a tropezar con las mismas piedras, sabiendo que aún así lo seguiré haciendo; vienen los replanteamientos de socializar más con la gente, para luego pensar que terminaré por dejar de hablar con los que me dañan y que dejaré de escuchar a los que no me interesan de verdad. Mucha gente querida ha pasado por la tijera del verano, y a veces me da algo de pena. A veces me gustaría acercarme y preguntar un simple "cómo estás", pero los espacios para hacer eso, las relaciones, me he encargado de destruirlas yo mismo.
Reflexiono, y se que ya es imposible volver, que de alguna manera debo aprender a convivir con estas heridas que se abren junto con las flores y se vuelven a olvidar cuando la calle amanece asfixiada por las hojas secas.
Para miel verano no es un desentenderse, ni siquiera un descanso. Es tener que ver todos los días reflejarse en el espejo a mi verdadero ser... no el estudiante, no el músico, sino al hombre que se marchita cada día un poco más, al igual que el resto de la humanidad. Es tener que ver nuevas quemaduras, una tos más áspera que la del año anterior... es tener que aceptar que, con el paso de los años, las emociones, la esperanza, el encanto y la ingenuidad se van secando bajo la pálida luz de un sol empecinado en quemarlo todo.